28 junio 2006

Ateos para Jesús (II)

En el artículo anterior hablé de la existencia de un grupo de ateos norteamericanos que se hacen llamar "Ateos para Jesús", y de cómo entre ellos, pero también entre muchas otras personas que no profesan la superstición cristiana, había calado la imagen de un Jesús/Yeshu que es paradigma de amor fraternal, pacifismo y bondad. Pues bien, ha llegado el momento de analizar sus enseñanzas para ver si este individuo fue tal como algunos nos quieren hacer creer que fue.


El mito del amor al prójimo

Lo primero que dicen los cristianos para enganchar incautos a su secta es que "dios te ama" (Juan 3, 16), y por eso también todos tenemos que amarnos unos a otros (Juan 13, 34). Pero no vale amar de cualquier modo: hay que amar a los demás como a uno mismo (Mateo 22, 39; Marcos 12, 31).

Oiga, ¿y esa regla vale para todo el mundo? Por ejemplo, ¿qué pasa con los hijos? ¿No se puede amar a un hijo más que a uno mismo? ¿Y a los familiares? ¿Tengo que amar a mis padres igual que al chorizo que ayer me robó la cartera en el autobús? ¿Y a mi cónyuge o pareja? ¿Mis amigos deben compartir en mi corazón el mismo lugar que unos perfectos desconocidos? Me temo que desbordar tanto sentimiento amoroso por igual a todo el mundo puede terminar por diluir cualquier relación humana. Si tuviéramos que donarle un riñón a dos enfermos que morirán si no reciben el transplante, uno de los cuales es nuestra pareja y el otro un ex jefe que nos hizo la vida imposible en su empresa, ¿tendríamos alguna duda para decidir quién se beneficia de nuestra donación?

Quizá el secreto de este mandamiento de Yeshu esté en precisar mejor quién es nuestro prójimo. Tal vez sea posible dividir la humanidad en dos grupos de personas: las que son nuestros prójimos y las que no. Claro que entre nuestros prójimos también hay diferencias: no es lo mismo el amor a un padre que el amor a un amigo. Y con los que no son nuestros prójimos, ¿valdría cualquier trato? ¿Está permitido odiar al que no es un prójimo?

Puede que cambiando el significado del término amor podamos encontrarle sentido a este galimatías. Supongamos que no haya que entenderlo como un sentimiento de bondad hacia los demás, sino como una forma de tratarles. Sin embargo, tratar a un padre como tratamos a un amigo, o viceversa, puede ser bastante desconcertante para ambos, por no decir que incorrecto. Además, el mandamiento es taxativo: hay que tratarlos a todos como a uno mismo.

Examinemos otra posibilidad: que, en realidad, Yeshu estuviera diciendo que no hay que hacer a los demás lo que no queramos que nos hagan a nosotros (es decir, la famosa "regla de oro"). ¿A qué viene entonces hablar del amor? Yo puedo jurar que no estoy ni lo más mínimamente interesado en que el deleznable Aznar o el miserable Acebes me amen, pero desde luego no deseo que me traten peor de como ellos mismos desean ser tratados. Por otro lado, esto sólo impone una prohibición de hacer el mal (no hagas a los demás), pero el mandamiento evangélico está redactado como una acción positiva (amarás al prójimo).

Me temo que Yeshu nunca llegó a plantearse estos problemas, porque la verdad es que ni siquiera en esto fue original. Simplemente repitió lo que habría oído en alguna sinagoga de su tiempo: "no te vengarás ni guardarás rencor contra los hijos de tu pueblo, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Levítico 19, 18).

Cabe la posibilidad de que con semejante idiotez se planteara, no una regla válida por igual en todo tiempo y para todas las personas de nuestro alrededor, sino una meta más o menos lejana, un criterio general sujeto a matices e interpretaciones. Por desgracia, Yeshu no nos dejó ninguna otra explicación que pueda inducirnos a pensar que existieran realmente esos matices.

De modo que no nos deja más opción que creer que lo dijo para ser cumplido literalmente. No obstante, ¿es esto posible? Y, más importante todavía, ¿es bueno y conveniente? Yo pienso que no, que este mandamiento devalúa el amor, un sentimiento tan especial que de manera natural sólo lo reservamos para las personas más importantes de nuestra vida. ¿Qué significaría que uno ama a su prójimo como a sí mismo? En realidad nada, es sólo una frase vacía con la que se expresa una mentira o un desapego patológico hacia familia y amigos. Quizá los que tanto la pronuncian están en realidad encubriendo una ausencia de autoestima o de amor propio, porque sólo así es fácil de equiparar el amor a los demás con el desamor a uno mismo. Parece cosa de esquizofrénicos, y realmente lo es: la doctrina cristiana del amor al prójimo sólo lleva a la locura... o a la hipocresía: nada como leer la encíclica "deus caritas est", promulgada por Ratzinger, para ver en qué ha degenerado el amor en manos de los gurús del cristianismo.

Pero el equívoco del amor al prójimo nos conduce además a un serio escollo: si somos realistas tenemos que admitir que no todo el mundo va a aplicar la regla del amor al prójimo. ¿Qué hacemos con los que, no sólo no nos aman como a sí mismos, sino que incluso nos odian? ¿También tenemos que amarles a ellos? Esta es la cuestión que vemos en el siguiente epígrafe.


El mito del devolver bien por mal o de "poner la otra mejilla"

La formulación más clara de este principio de la moral cristiana la encontramos cuando Yeshu afirma sin rubor lo siguiente:

"Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen, bendecid a los que os maldicen y orad por los que os calumnian. Al que te hiere en una mejilla, ofrécele la otra, y a quien te tome el manto no le impidas tomar tu túnica; da a todo el que te pida y no reclames de quien toma lo tuyo." (Lucas 6, 27 y ss. pero también Mateo 5, 39 y ss.)


El primer pensamiento que le puede venir a un lector neutral es si acaso el autor de estas palabras no sería un tarado mental. Ciertamente no andaría muy errado, dado que este axioma ético es tan problemático que hasta los curas hacen caso omiso de él: son sinvergüenzas, pero no tontos. Así que si los profesionales del cristianismo son tan cautos tratando este tema, mucho más debemos serlo los que no caemos en esa vana superstición.

Lo que tenemos que ver es si Yeshu llegó a cumplir lo que él mismo predicaba. Respecto a "bendecid a quienes os maldicen" tenemos lo siguiente:

"¡Raza de víboras! ¡Cómo podréis decir vosotros algo bueno siendo malos!" (Mateo 12, 34) "¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo escaparéis al juicio del infierno?" (Mateo 23, 33)


Luego parece que se lo pasaba por el arco del triunfo. Pero hay más: ¿reclamaba Yeshu, que en teoría era el mismo dios Yahvé, a quien tomaba de lo suyo en el templo de Jerusalén? Veámoslo:

"Encontró en el templo a los vendedores de bueyes, de ovejas y de palomas, y a los cambistas sentados, y haciendo de cuerdas un azote, los arrojó a todos del templo, con las ovejas y los bueyes; derramó el dinero de los cambistas y derribó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: quitad de aquí todo eso y no hagáis de la casa de mi padre una casa de contratación." (Juan 2, 14 y ss.)


Dejando aparte el hecho de que él mismo (si damos crédito a su identificación con Yahvé) había autorizado anteriormente que se dispusieran mesas de cambistas y de vendedores en el templo (Deuteronomio 14, 22-26), ¿no hubiera sido más correcto dejar a los mercaderes con su latrocinio y no reclamar la propiedad que "legítimamente" era de su "padre"?

Por último, ¿llegó Yeshu a poner la otra mejilla alguna vez en su vida? Cuando le arrestaron por bocazas y compareció ante sus acusadores, tuvo la ocasión de demostrarlo:

"Habiendo dicho esto Jesús, uno de los alguaciles, que estaba a su lado, le dio una bofetada, diciendo: ¿así respondes al sumo sacerdote? Jesús le contestó: si hablé mal, muéstrame en qué, y si bien, ¿por qué me pegas?" (Juan 18, 22-23)


Qué decepción. Este pseudo-salvador pudo haber demostrado algo más de coherencia estando ya tan cercano el final de su vida, pero prefirió olvidar lo que había enseñado y encararse al soldado que le abofeteó en vez de ponerle la otra mejilla. Qué fraude, ¡vaya un maestro espiritual de pacotilla que predica cosas que él mismo, perfecto entre los perfectos, es incapaz de cumplir!

Ahora comparemos esta sandez de Yeshu con el sentido común con el que otro maestro, Confucio, trata el mismo tema. Alguien le preguntó qué pensaba de devolver las ofensas con la virtud, y éste le respondió: "¿Y con qué pagaríamos la virtud? A las ofensas se responde con la justicia, y a la virtud con la virtud" (Analectas XIV, 36).

Hay más, por supuesto. Las chorradas de Yeshu ben Pantera son tan numerosas que dan para llenar muchas páginas de críticas. En el próximo artículo hablaré sobre su supuesto pacifismo, su opción por los pobres y su respeto a la mujer.

Repaso al catecismo


Vaya por delante que de lo aquí sigue es un análisis serio y neutral de la religión cristiana, tal como la conciben la mayoría de sus creyentes, ya sean católicos, ortodoxos, protestantes o mixtos.

Lo primero que nos cuentan los cristianos es que Yeshu nos ama (Juan 3, 16). Nos ama tanto que hasta ha dejado que lo maten en una cruz para demostrarnos lo mucho que nos quiere. ¿Y qué? Seguro que no ha sido el único chalado en la historia de la humanidad que ha tenido la ocurrencia de suicidarse o de dejarse matar por alguna causa más o menos estrafalaria. ¡Ah, pero este caso es distinto! Con su muerte, Yeshu nos salva. ¿Y nos salva de la pobreza, de la enfermedad... de la muerte? No, eso es poca cosa para él, tan poca que de hecho no nos ha librado ni de la pobreza ni de la enfermedad ni de la muerte. En realidad, Yeshu nos salva de ir al infierno.

Mal empezamos. Resulta que los cristianos creen que todos íbamos al infierno porque estamos condenados. Sí, todo empezó hace unos 5000 años, cuando se creó el mundo y los primeros humanos, un tal Adán con su compañera Eva, vivían tranquilamente con Yahvé en el Paraíso (que era como Disneyworld, pero sin Mickey Mouse ni el Pato Donald). Entonces Adán y Eva comieron una fruta de un árbol y Yahvé se enfadó muchísimo, porque quería ese árbol sólo para él. A tanto llegó su enfado que decidió expulsar del Paraíso al tonto de Adán y a la glotona de Eva para siempre. Para colmo, sentenció que todo el que la espichara a partir de entonces terminaría en el infierno, ya hubiera sido una persona buena, mala o regular. A esto se le llama "pecado original", que es como decir que te la has cargado aunque no hayas hecho nada para cargártela. Un juez sabio y ecuánime, este Yahvé.

Por supuesto, lo de menos es que el paraíso no existiera nunca y que el hombre no descienda de una sola pareja moldeada a partir del barro. Eso son detalles sin importancia. Lo que cuenta es que todos nos vamos al infierno por orden del dios Yahvé, a quien a estas alturas deberíamos ya considerarle un demonio. Pero aparece Yeshu, que dice ser el hijo de esta divinidad malvada y vengativa, y que deja que lo maten para que Yahvé nos perdone. La cosa se complica porque hay que tener en cuenta que el hijo es también el padre. Bueno, en realidad no, pero como si lo fueran, porque tienen idéntica sustancia y poderes, y además siempre están de acuerdo en todo.

Luego hay otro que viene del padre y del hijo, no se sabe muy bien si por unión incestuosa o por otro vínculo familiar, un tal "espíritu santo", pero que no interviene mucho en esta historia aparte de dejar preñada a la madre del hijo (virginalmente, claro, porque no era la mujer del padre, aunque tampoco es el padre quien la deja preñada... así que no se entiende por qué al padre se le llama padre). De todas formas hay que nombrarle también, porque es como el padre y el hijo, de idéntica sustancia, poderes y también anda siempre de acuerdo con padre e hijo. Y uno se pregunta para qué cuernos tiene que haber tres cuando son el mismo dios Yahvé y tienen todos la misma sustancia y el mismo poder... y están de acuerdo en todo. A este lío se le llama "santísima trinidad".

Si no teníamos bastante con el culebrón anterior, hay que tener en cuenta que Yeshu no es sólo Yeshu: es mucho más. Es Yeshu-hombre, un fulano normal y corriente, y Yeshu-dios, que es el que tiene la misma sustancia, poderes y voluntad que el padre y que el espíritu santo. Pero pese a todo, un solo Yeshu. A esto se le llama "unión hipostática". Fácil de entender, ¿verdad?

Bien, pues resumiendo todo el cuento, resulta que el padre (o sea, Yahvé) castiga a los hombres con el infierno, pero el hijo (o sea, también Yahvé) para que el padre (o sea... eso) perdone a los hombres, se sacrifica en una cruz. El padre, que se queda contento tras el sacrificio del hijo, decide permitir que algunos hombres no vayan al infierno. ¿Quiénes? Pues los que crean en el hijo y le den las gracias por haber dejado que el padre le matara, faltaría más. ¿Y no hubiera sido más fácil que el padre perdonara directamente a los hombres sin tener que ver cómo le matan al hijo? O, ya puestos, como el hijo tiene los mismos poderes que el padre, ¿qué tal si hubiera sido el hijo mismo quien diera la absolución general y nos hubiéramos ahorrado tanta cruz? ¿O si el hijo hubiera matado al padre y después se hubiera ido de copas a celebrarlo con el espíritu santo? Pues no, porque la historieta llamada "misterio de la redención" no tendría tanta gracia así.

De modo que tenemos que estarle agradecidos al hijo (o sea, a Yahvé) de que haya conseguido que el padre (que también es Yahvé) nos perdone porque unos supuestos antepasados nuestros (que jamás existieron) se comieron el fruto de un árbol cuando estaban en el paraíso (que tampoco existió nunca). A cambio de esto, el dios Yahvé (del que no hay ninguna prueba de que exista) nos dejará que entremos en un sitio muy bonito, parecido al paraíso... pero sólo cuando hayamos estirado la pata.

Mientras tanto, hay que imitar al hijo y sufrir todo lo que podamos, igual que sufrió él, y abstenernos de comer, beber y fornicar (sobre todo de esto último). Porque, aunque el padre nos perdonó con la muerte del hijo esas supuestas querellas que tenía con nuestros inexistentes antepasados, no obstante quiere que pasemos por esta vida todo lo más puteados que sea posible; ya que, al final, nos espera el premio de irnos al paraíso, recompensa por la cual merece la pena soportar todas las desgracias que nos ocurran.

Y estas son, señores, las líneas básicas de la religión mayoritaria en este planeta: el cristianismo. Otro día nos plantearemos cómo es posible que pueda llegar alguien a creerse todas estas subnormalidades.

24 junio 2006

Ateos para Jesús (I)

Ando reponiéndome del último artículo que le leí a Juan Manuel de Prada en el Abc. Todavía recuerdo cómo este escritor fue un soplo de aire fresco en un periódico que apestaba a la naftalina del pasado franquista con el que Luis María Ansón lo mantenía anclado a la derecha más rancia. Hoy, dicen los calumniadores, el Abc ya no es lo que era, pero parte de su espíritu anterior ha quedado impreso en quien menos se esperaba. ¿Qué le ha pasado a Juan Manuel de Prada para cambiar tanto? Su verbo sigue tan ágil y su mente tan brillante como siempre, ¡pero qué lástima ver un intelecto potente al servicio de fines tan rastreros!

El autor viene a decirnos que nos quejamos de vicio, que se está montando una "carnavalada chusca" de "chabacanería y burricie" para contrarrestar la visita de Ratzinger a Valencia. Sobre gustos no hay nada escrito: seguramente a él le parecerá burro y chabacano colgar carteles con el lema "jo no t'espere"; a otros nos parece que lo burro y lo chabacano es el alzamiento de hostia que practican sus magos de sotana y crucifijo. Así que de esto no hay nada por lo que discutir. Incluso habría que recordarle a Prada el que la carnavalada papal será subvencionada con el dinero de todos, incluso los "estridentes y desquiciados" contrarios. ¡Estos católicos son tan olvidadizos!

Sigue nuestro literato haciendo un panegírico del cristianismo, la estulta superstición que, sólo por casualidad, es la que él profesa. Habla del Enemigo (así, con mayúscula) refiriéndose a los contrarios a la visita del jefe supremo de la secta católica, y los compara con Herodes con sus "designios criminales" para ordenar la "matanza de los inocentes", episodio bíblico que tiene la misma veracidad histórica que los doce trabajos de Hércules. Dice, en fin, que el cristianismo es perseguido porque tiene una "fosforescencia extraterrenal" (citando al fanático de Chesterton) que "obliga al Mal a retorcerse en su nido de áspides". Pero que nadie se preocupe, viene a decirnos Prada, porque estos malditos, esos sanguinarios criminales que no quieren recibir a Ratzinger con flores "ya conocen su derrota".

¡Qué montón de imbecilidades es capaz de escribir de seguido un buen escritor cuando se deja llevar por la vena de la sandez cristiana! Pero esas imbecilidades ya las hemos oído con anterioridad: están en la base de la doctrina de esa secta porque figuran entre los dichos de su fundador: "el que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama" (Lucas 11, 23). Tiene su lógica, claro, que quien no puede argumentar con argumentos racionales tenga que recurrir a semejante frase lapidaria. Conmigo o contra mí. Lo mismo decían Hitler, Stalin o Pol Pot.

Esto me hizo recordar una web que encontré hace mucho tiempo, propiedad de un grupo llamado "Atheists for Jesus". Lo que esta gente sostiene es que el cristianismo, en sí, no es mala cosa si se le quita lo sobrenatural: la creencia en dioses, los milagreos de Yeshu/Jesús, la imposible virginidad de la casquivana Miriam/María y los panfletos insultantes del histérico Shaúl/Pablo de Tarso. Incluso Leo Bassi, en su espectáculo "La Revelación", se permite elogiar la prédica de Yeshu y exaltar su moral. Y es cierto que incluso entre muchos ateos, agnósticos e irreligiosos en general, la figura del hijo bastardo del legionario Pantera tiene cierta aureola de bondad y de "buen rollo". Esto es lo que hace que parezca de malas personas criticar al galileo (y, por extensión, a sus pretendidos representantes) y lo que motiva la exaltada indignación de los Pradas de turno.

Ahora bien, ¿esta percepción se corresponde con la realidad o es el resultado de una exitosa campaña comercial de las sectas cristianas para vendernos su producto envenenado? Yo pienso que se trata más bien de lo segundo, y pretendo exponer algunas razones de por qué lo veo así. Pero eso será en un artículo posterior.

18 junio 2006

Doctrina de la guerra justa

Los que maldicen el laicismo suelen ser los parásitos que viven de la superstición organizada (curas, pastores, imanes, rabinos, etc., a quienes les va el pan en ello) o bien gentes de poca sesera. Olvidan que esta ideología es fruto de los desmanes que los fanáticos cometieron en el siglo XVI, cuando Europa se convirtió en el campo de batalla de los que, por un lado, decían que Yeshu ben Pantera se convertía físicamente en galleta cuando así lo ordenaba el hechicero de turno, y, por otro, los que afirmaban que su presencia en la misma era sólo simbólica o, a lo sumo, espiritual. Para dilucidar esta y otras cuestiones igualmente enjundiosas (justificación por la fe o por las obras, naturaleza y cantidad de los sacramentos, función del sacerdocio, etc.), miles de personas se mataron alegremente unas a otras ante el regocijo de una clerecía que alentaba la violencia y arengaba a los combatientes, mientras que se mantenía prudentemente en la retaguardia, cuidándose mucho de exponerse al fuego que había alimentado.

Algunas mentes bien amuebladas se dieron cuenta de que la causa de todos esos males residía en la unión del Estado y la iglesia, y que sólo mediante la neutralidad ideológica de aquél, es decir, recluyendo a los dioses dentro del ámbito de la conciencia privada, podía la sociedad vivir en paz y alejada de la violencia sectaria. Este, junto con la confianza en la fuerza de la razón para resolver los problemas humanos, era el radical punto de partida de la Ilustración, que a su vez es el origen de la civilización europea occidental de hoy en día, por más que muchos quieran seguir viendo las raíces de la Europa actual en el cristianismo y así pretendieran imponerlo en la (todavía) nonnata Constitución Europea; presiones que también vinieron del Estado vaticano, aunque desde luego no forma parte de la Unión Europea.

Pero el nacimiento de la Ilustración es un tema largo que daría para varios artículos, y hoy quiero hablar de otra cosa que, aunque menos conocida, no deja de ser importante. Se trata de otro de los frutos de los conflictos religiosos europeos entre católicos y protestantes: la doctrina de la guerra justa.

Aunque no fue el primer filósofo en tratar este tema, Hugo Grocio (Huigh van Groot en su lengua neerlandesa) fue de hecho el que mejor y más completamente lo desarrolló en su obra De iure belli ac pacis, publicada en 1625. En ella expone qué condiciones debe reunir un conflicto bélico para que pueda ser considerado justo. Las más importantes son estas:

1. La guerra sólo debe emprenderse cuando se trata de corregir una injusticia.

2. Sólo se puede recurrir a la guerra como último recurso.

3. Debe existir una esperanza fundada de victoria.

4. La corrección de la injusticia debe compensar el daño que pueda causar la guerra.

5. No se puede matar deliberadamente a los no combatientes.

6. No se puede maltratar a los prisioneros de guerra.

A Grocio se le olvidó añadir que no están obligados al cumplimiento de estas condiciones quienes se comuniquen directamente con sus dioses, quienes sólo rinden cuentas ante ellos, o, más modestamente, quienes gocen del beneplácito de sus representantes.


¿Hay moraleja? Sí: el espíritu de la Ilustración, y más concretamente el laicismo, necesitan de una militancia más activa, más comprometida. De otro modo, los chalados que obtienen su fuerza en la estulticia de la superstición terminarán llevándonos al mismo estado de violencia generalizada y de desprecio a los derechos humanos que se vivía en la Europa del siglo XVI o que se sufre en el Irak de hoy. No es ninguna casualidad que el laicismo reciba, día sí y día también, ataques desde quienes ven en peligro sus privilegios y su negocio criminal. A otros nos corresponde la defensa de los valores ilustrados. Nos va demasiado en ello.

16 junio 2006

Jo tampoc t'espere, Ratzinger

¡Ay, qué semanita he tenido! Por culpa de la saturación laboral de estos días no he podido hacer ningún comentario a la última movilización de trescientos mil millones de asistentes a la manifestación organizada por la AVT a favor de que continúe el terrorismo, ni los últimos ladridos del miserable Acebes, ni tampoco la penúltima ruptura de relaciones entre PP y PSOE. Por cierto: ruptura porque el PP dice estar a favor de la negociación con ETA (vieja), pero en contra de que el partido del Gobierno negocie con Batasuna... ¡porque es una organización ilegal! ¡Coño! ¿Y qué es ETA? ¿Por qué con ETA sí se puede y con Batasuna, que al fin y al cabo forma parte de ETA, no? En fin, mejor sería que el monstruo bicéfalo Acebes-Zaplana buscara otra excusa más creíble, porque esto sólo se lo tragan los "liberales" más aborregados por la Cope o Intereconomía.

De lo que sí he estado algo más al tanto ha sido de una campaña que ha montado una plataforma de varias asociaciones ciudadanas contrarias a la visita de Ratzinger a Valencia, para presidir un mal llamado "encuentro mundial de las familias". Digo que mal llamado, porque ni es mundial ni es para todas las familias: va dirigida solamente a las que siguen las necedades de la secta católica, que, por muchas que sean, ni son todas las familias ni están en todo el mundo. De entrada, los divorciados que no han pasado por la caja del "tribunal" de la Rota Romana no pueden constituir una familia válida a los ojos de los organizadores, como tampoco las familias monoparentales u homoparentales. Aunque, eso sí, el jolgorio lo vamos a pagar todos, católicos o no (y sea como sea nuestra familia), por vía de los presupuestos de las distintas Administraciones públicas. Para colmo, sin que sepamos el montante total de la feria y, además, con el compromiso expreso de que se pagará todo lo que "haga falta" de este circo.

La campaña en cuestión se denomina "Jo no t'espere", un nombre suficientemente expresivo al que acompaña un logo igualmente claro: una mitra episcopal dentro de una señal triangular de peligro. No sin razón se ponen nerviosos los clericuervos, y alguno incluso ha afirmado que esta plataforma la componen "grupúsculos radicales de carácter violento". Que se anden con cuidado los de Jo no t'espere, porque los cristianos, que tienen como modelo al gran mentiroso y calumniador Yeshu ben Pantera, primero te llaman violento y después te dicen que eres un asesino. ¿Y todo por qué? Por no darles la razón. ¡Si es que los curas en el fondo son como niños! Tienen las mismas rabietas que un crío al que se le ha consentido demasiado. Con un par de correctivos a tiempo estarían ahora calladitos, dedicándose a sus asuntos esotéricos con su habitual clientela de crédulos y bobos, pero dejando a la gente decente en paz.

Como no podía ser de otra manera, los lacayos más fieles y perrunos de la secta católica han montado una contracampaña para expresar su alborozo por la visita que les hará el charlatán mayor de la misma, y la han titulado "jo sí t'espere" (qué original). No sorprende a nadie que tengan un enlace a la web legionaria (de cristo) hazteoir.org. Está visto que todos los mamarrachos terminan siempre confluyendo en los mismos sitios.

Hablando de mamarrachos, uno de los colaboradores de esa web de activismo sectario es el vándalo que dejó un par de rosas manchadas con mercromina (a modo de sangre) en el escaño del presidente del Gobierno, junto a una foto de Miguel Ángel Blanco, cuyo secuestro y brutal asesinato nadie puede olvidar. ¿Qué pretendía el cretino activista? ¿Culpar de ello a ZP por intentar que el terrorismo desaparezca? En cualquier caso, estos ultracatólicos tienen una forma muy extraña de ejercer la libertad de expresión, pero dado que no respetan la propiedad pública, es de suponer que tampoco tendrán ningún inconveniente en abrirnos las puertas de sus casas para que podamos pintar lemas políticos en la pared de su salita de estar. Que no se molesten si alguien, llevado por su ejemplo pionero, deja luego una rata muerta junto al sagrario de una de sus iglesias. Libertad de expresión ante todo, ya saben.

05 junio 2006

Coprofagia

Imaginemos que existe una aldea en el mundo donde viven unas gentes que son comedores de mierda por gusto. O sea, que se han aficionado a su sabor y textura y disfrutan merendándose un buen zurullo. Estos coprófagos lo ven no sólo como algo normal, bueno y natural, sino como lo normal, lo bueno y lo natural. Pero no les sirve cualquier cagada, necesitan unas muy concretas. Así, está muy mal visto que uno se coma sus propias boñigas: "eso es de locos", dicen. Hay que zamparse los mojones que salen directamente del culo de unos señores especializados en producirlas y administrarlas periódicamente entre los aficionados a este particular arte culinario.

A pesar de que comer mierda es una asquerosidad, uno podría pensar que allá cada cual con sus chaladuras, que con su pan se la coman. El problema viene cuando los coprófagos insisten en que también sus hijos tienen que aficionarse a los excrementos. "Son sus hijos", se puede alegar. Sí, pero no se conforman con enseñarles la coprofagia en sus casas, sino que exigen que se les enseñe en los colegios. Y no en los colegios privados, sino también en los públicos. Así que en la escuela de la aldea dedican dos horas lectivas semanales a explicar a los niñitos los misterios de la comedura de defecaciones.

Además, los coprófagos también exigen que el ayuntamiento de la aldea mantenga con dinero público las letrinas comunitarias donde se reúnen para hacer sus particulares almuerzos, y que se pague el sueldo de los profesionales cuyas deposiciones engullen con tanto gusto, incluyendo, claro, la cuota de la Seguridad Social y su futura pensión de jubilación. No merecen menos quienes con tanta diligencia y regularidad (intestinal) sirven para saciar los anhelos mierderos de los ansiosos coprófagos. Por cierto, estos cagones subvencionados se permiten dar opiniones para todo, porque para ellos cualquier cosa está relacionada con sus cochinadas, y sus comensales tienen que obedecerles o se quedan sin probar su manjar.

Pero en la aldea no todos comen heces: también hay personas normales que ven con claridad que lo que hacen sus convecinos es una auténtica guarrería. Y lo peor no es que tengan que pagar esos apetitos con el dinero de sus impuestos, sino que algunos coprófagos henchidos de entusiasmo cagarrutero, hacen apología de sus vicios echándote el aliento o tocándote con las manos sucias de detritos. ¡Oigan, mantengan sus imbecilidades dentro de sus casas o en sus letrinas públicas, pero intenten no ensuciarnos a los demás! Pues nada, ni por esas.

Como las personas normales (es decir, cualquiera que no coma evacuaciones) empezaron a protestar contra los gustos de los coprófagos, en el ayuntamiento, donde son mayoría los concejales comedores de residuos anales, han promulgado una ordenanza por la cual tendrán que pagar una multa quienes hagan mofa de los gustos coprofágicos. Y a quien reincida le meten en los calabozos municipales. Así que, el que no quiera comer cagarrutas, al menos que se esté calladito, no moleste y soporte pacientemente a los coprófagos y su pestilencia.

Menos mal que no vivimos en una aldea así, ¿verdad?