28 junio 2006

Repaso al catecismo


Vaya por delante que de lo aquí sigue es un análisis serio y neutral de la religión cristiana, tal como la conciben la mayoría de sus creyentes, ya sean católicos, ortodoxos, protestantes o mixtos.

Lo primero que nos cuentan los cristianos es que Yeshu nos ama (Juan 3, 16). Nos ama tanto que hasta ha dejado que lo maten en una cruz para demostrarnos lo mucho que nos quiere. ¿Y qué? Seguro que no ha sido el único chalado en la historia de la humanidad que ha tenido la ocurrencia de suicidarse o de dejarse matar por alguna causa más o menos estrafalaria. ¡Ah, pero este caso es distinto! Con su muerte, Yeshu nos salva. ¿Y nos salva de la pobreza, de la enfermedad... de la muerte? No, eso es poca cosa para él, tan poca que de hecho no nos ha librado ni de la pobreza ni de la enfermedad ni de la muerte. En realidad, Yeshu nos salva de ir al infierno.

Mal empezamos. Resulta que los cristianos creen que todos íbamos al infierno porque estamos condenados. Sí, todo empezó hace unos 5000 años, cuando se creó el mundo y los primeros humanos, un tal Adán con su compañera Eva, vivían tranquilamente con Yahvé en el Paraíso (que era como Disneyworld, pero sin Mickey Mouse ni el Pato Donald). Entonces Adán y Eva comieron una fruta de un árbol y Yahvé se enfadó muchísimo, porque quería ese árbol sólo para él. A tanto llegó su enfado que decidió expulsar del Paraíso al tonto de Adán y a la glotona de Eva para siempre. Para colmo, sentenció que todo el que la espichara a partir de entonces terminaría en el infierno, ya hubiera sido una persona buena, mala o regular. A esto se le llama "pecado original", que es como decir que te la has cargado aunque no hayas hecho nada para cargártela. Un juez sabio y ecuánime, este Yahvé.

Por supuesto, lo de menos es que el paraíso no existiera nunca y que el hombre no descienda de una sola pareja moldeada a partir del barro. Eso son detalles sin importancia. Lo que cuenta es que todos nos vamos al infierno por orden del dios Yahvé, a quien a estas alturas deberíamos ya considerarle un demonio. Pero aparece Yeshu, que dice ser el hijo de esta divinidad malvada y vengativa, y que deja que lo maten para que Yahvé nos perdone. La cosa se complica porque hay que tener en cuenta que el hijo es también el padre. Bueno, en realidad no, pero como si lo fueran, porque tienen idéntica sustancia y poderes, y además siempre están de acuerdo en todo.

Luego hay otro que viene del padre y del hijo, no se sabe muy bien si por unión incestuosa o por otro vínculo familiar, un tal "espíritu santo", pero que no interviene mucho en esta historia aparte de dejar preñada a la madre del hijo (virginalmente, claro, porque no era la mujer del padre, aunque tampoco es el padre quien la deja preñada... así que no se entiende por qué al padre se le llama padre). De todas formas hay que nombrarle también, porque es como el padre y el hijo, de idéntica sustancia, poderes y también anda siempre de acuerdo con padre e hijo. Y uno se pregunta para qué cuernos tiene que haber tres cuando son el mismo dios Yahvé y tienen todos la misma sustancia y el mismo poder... y están de acuerdo en todo. A este lío se le llama "santísima trinidad".

Si no teníamos bastante con el culebrón anterior, hay que tener en cuenta que Yeshu no es sólo Yeshu: es mucho más. Es Yeshu-hombre, un fulano normal y corriente, y Yeshu-dios, que es el que tiene la misma sustancia, poderes y voluntad que el padre y que el espíritu santo. Pero pese a todo, un solo Yeshu. A esto se le llama "unión hipostática". Fácil de entender, ¿verdad?

Bien, pues resumiendo todo el cuento, resulta que el padre (o sea, Yahvé) castiga a los hombres con el infierno, pero el hijo (o sea, también Yahvé) para que el padre (o sea... eso) perdone a los hombres, se sacrifica en una cruz. El padre, que se queda contento tras el sacrificio del hijo, decide permitir que algunos hombres no vayan al infierno. ¿Quiénes? Pues los que crean en el hijo y le den las gracias por haber dejado que el padre le matara, faltaría más. ¿Y no hubiera sido más fácil que el padre perdonara directamente a los hombres sin tener que ver cómo le matan al hijo? O, ya puestos, como el hijo tiene los mismos poderes que el padre, ¿qué tal si hubiera sido el hijo mismo quien diera la absolución general y nos hubiéramos ahorrado tanta cruz? ¿O si el hijo hubiera matado al padre y después se hubiera ido de copas a celebrarlo con el espíritu santo? Pues no, porque la historieta llamada "misterio de la redención" no tendría tanta gracia así.

De modo que tenemos que estarle agradecidos al hijo (o sea, a Yahvé) de que haya conseguido que el padre (que también es Yahvé) nos perdone porque unos supuestos antepasados nuestros (que jamás existieron) se comieron el fruto de un árbol cuando estaban en el paraíso (que tampoco existió nunca). A cambio de esto, el dios Yahvé (del que no hay ninguna prueba de que exista) nos dejará que entremos en un sitio muy bonito, parecido al paraíso... pero sólo cuando hayamos estirado la pata.

Mientras tanto, hay que imitar al hijo y sufrir todo lo que podamos, igual que sufrió él, y abstenernos de comer, beber y fornicar (sobre todo de esto último). Porque, aunque el padre nos perdonó con la muerte del hijo esas supuestas querellas que tenía con nuestros inexistentes antepasados, no obstante quiere que pasemos por esta vida todo lo más puteados que sea posible; ya que, al final, nos espera el premio de irnos al paraíso, recompensa por la cual merece la pena soportar todas las desgracias que nos ocurran.

Y estas son, señores, las líneas básicas de la religión mayoritaria en este planeta: el cristianismo. Otro día nos plantearemos cómo es posible que pueda llegar alguien a creerse todas estas subnormalidades.

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