05 junio 2006

Coprofagia

Imaginemos que existe una aldea en el mundo donde viven unas gentes que son comedores de mierda por gusto. O sea, que se han aficionado a su sabor y textura y disfrutan merendándose un buen zurullo. Estos coprófagos lo ven no sólo como algo normal, bueno y natural, sino como lo normal, lo bueno y lo natural. Pero no les sirve cualquier cagada, necesitan unas muy concretas. Así, está muy mal visto que uno se coma sus propias boñigas: "eso es de locos", dicen. Hay que zamparse los mojones que salen directamente del culo de unos señores especializados en producirlas y administrarlas periódicamente entre los aficionados a este particular arte culinario.

A pesar de que comer mierda es una asquerosidad, uno podría pensar que allá cada cual con sus chaladuras, que con su pan se la coman. El problema viene cuando los coprófagos insisten en que también sus hijos tienen que aficionarse a los excrementos. "Son sus hijos", se puede alegar. Sí, pero no se conforman con enseñarles la coprofagia en sus casas, sino que exigen que se les enseñe en los colegios. Y no en los colegios privados, sino también en los públicos. Así que en la escuela de la aldea dedican dos horas lectivas semanales a explicar a los niñitos los misterios de la comedura de defecaciones.

Además, los coprófagos también exigen que el ayuntamiento de la aldea mantenga con dinero público las letrinas comunitarias donde se reúnen para hacer sus particulares almuerzos, y que se pague el sueldo de los profesionales cuyas deposiciones engullen con tanto gusto, incluyendo, claro, la cuota de la Seguridad Social y su futura pensión de jubilación. No merecen menos quienes con tanta diligencia y regularidad (intestinal) sirven para saciar los anhelos mierderos de los ansiosos coprófagos. Por cierto, estos cagones subvencionados se permiten dar opiniones para todo, porque para ellos cualquier cosa está relacionada con sus cochinadas, y sus comensales tienen que obedecerles o se quedan sin probar su manjar.

Pero en la aldea no todos comen heces: también hay personas normales que ven con claridad que lo que hacen sus convecinos es una auténtica guarrería. Y lo peor no es que tengan que pagar esos apetitos con el dinero de sus impuestos, sino que algunos coprófagos henchidos de entusiasmo cagarrutero, hacen apología de sus vicios echándote el aliento o tocándote con las manos sucias de detritos. ¡Oigan, mantengan sus imbecilidades dentro de sus casas o en sus letrinas públicas, pero intenten no ensuciarnos a los demás! Pues nada, ni por esas.

Como las personas normales (es decir, cualquiera que no coma evacuaciones) empezaron a protestar contra los gustos de los coprófagos, en el ayuntamiento, donde son mayoría los concejales comedores de residuos anales, han promulgado una ordenanza por la cual tendrán que pagar una multa quienes hagan mofa de los gustos coprofágicos. Y a quien reincida le meten en los calabozos municipales. Así que, el que no quiera comer cagarrutas, al menos que se esté calladito, no moleste y soporte pacientemente a los coprófagos y su pestilencia.

Menos mal que no vivimos en una aldea así, ¿verdad?


3 comentarios:

Ñbrevu dijo...

Jo, jo, jo, qué bueno. Esto lo tengo que hacer rular por ahí. Gracias :D.

Anónimo dijo...

hay animales que comen sus cagadas, ejm. el gorila,( por el escaso valor nutritivo de su alimento, recuperan las bacterias defecadas por ellos mismos y aunenan así el grado de descomposicion del alimento nuevo y exprimen al max el ya defecado.)

hay otros que se comen alguna piedra para triturar mejor los alimentos en el estomago.

es posible que como el episodio de soutpark, no quisieran cagar por la boca, sino meterse por el culo cualquier idea sana, que al paso por su cabeza hasta la boca, solo salgan mojones.

la retrodigestion, pasarte por el culo cualquier cosa,y por tu boca solo sale mierda.

Cavernarius dijo...

Ya salga de la boca o entre por el culo, o viceversa, lo cierto es que hay gente que come mierda, gente que vive de vender mierda, y gente que ni la come ni la vende, pero que tiene que sufrir la pestilencia de los primeros y la indignidad de los segundos.

Lo importante en este caso es tener claro en cuál de los tres grupos tiene que situarse uno mismo.