09 marzo 2007

La muerte de un ateo

Por regla general, encontraremos en los sacerdotes un componente de perversidad moral que los inclina naturalmente a hacer daño a sus prójimos. Digamos que no pueden evitarlo porque va inscrito en su propia constitución, al igual que la mantis religiosa no puede evitar devorar vivas a sus presas, o las arañas eludir el impulso de inyectar a sus víctimas enzimas que les licúan las vísceras. Hay pautas de conducta que vienen inscritas en los genes; y en el ADN sacerdotal, por lo visto, hay muchas fórmulas para torturar y hacer infelices a las personas que les rodean.

Esto, naturalmente, sería un mal menor si la sociedad se tomara más en serio su autodefensa contra elementos objetivamente depravados como los clérigos. Son así, pero eso no significa que tengamos que cargar con ellos, y menos aún darles privilegios. En una cultura sana, moralmente hablando, este tipo de gentuza estaría aislada del resto de sus congéneres, haciendo algún trabajo forzado que redundara en bien de la colectividad. En nuestra sociedad enferma, en cambio, al cura se le paga por parasitar a sus semejantes, por engañarles; se le encomienda la educación de los niños, se le exime de impuestos y hasta se le concede una autoridad moral de la que carecen totalmente. ¿Cómo se ha llegado a este estado de cosas? Es sencillo: los clérigos se aprovechan del miedo.

A lo largo de miles de años, la degenerada casta sacerdotal ha ido perfeccionando la técnica de mantener al género humano en el vilo de la desesperanza. En los albores del homo sapiens, el primer chamán nos indujo a temer a los espíritus del fuego, de la lluvia, de la furia animal, de la enfermedad. A medida que la cultura se desarrolló, siempre con la oposición de los dispensadores profesionales del conocimiento sobrenatural, la clerecía fue afinando los miedos sobre los que podía mantener su poder y su influencia, hasta llegar a la era de la ciencia y de la razón, en la que nos encontramos. En este tiempo presente a los curas sólo les queda un miedo para explotarnos: el miedo a la muerte.

El hombre es posiblemente el único ser del universo que conoce su inexorable destino. Esto podría ser una de sus fortalezas, pero se ha convertido en una gran debilidad. En lugar de dar lo mejor de sí mismo para que la efímera vida sea feliz y plena, el hombre pone su confianza en el imposible más allá del que le hablan los cuervos que le chupan la sangre. Así surge toda una ideología que antepone la muerte sobre la vida; una filosofía que sólo busca prepararnos para morir, en vez de ayudarnos a vivir dignamente. Para este sistema de creencias (que encontramos tanto en los monoteísmos de raíz semítica como en el budismo, el hinduísmo, el jainismo, el sijismo...), las ideas clave son el sufrimiento y la renuncia.

Pero este sistema ideológico, a pesar de haber sido perfeccionado a través de los siglos, no es imbatible. La ideología de la muerte que predican los curas tiene un gran adversario: el ateísmo. Sí: hay hombres y mujeres que no temen la muerte y que no se van a dejar engañar por los trucos de hechicero de la clericalla, que no se dejan deslumbrar por su vacía argumentación teológica; hombres y mujeres que no ceden ante su chantaje y que saben que el único bien (efímero, sí; precario, también) es la vida. "He aquí al enemigo", se dicen los sacerdotes, y disparan su aburrida y profundamente estúpida verborrea para salvar sus negocios fraudulentos. Lean las palabras de Juan Antonio Reig Plá, jerarca de la secta criminal católica en Cartagena, y verán cuán grave puede ser su manipulación: ¿un ateo, reclamando la muerte? No, rata con sotana, sólo vuestro rebaño de creyentes pide la muerte, porque así les habéis enseñado. Los ateos, por contra, apreciamos tanto la vida (incluso la vuestra, que no la merecéis), que sólo cuando ésta no es posible vivirla con dignidad humana la rechazamos con hombría. ¿Podéis decir lo mismo vosotros, miserables cobardes, que sois cadáveres putrefactos que apestáis con vuestro hedor de sacristía?

El ateo es un hombre libre, un humano completo. Y muere libre. Esta es su grandeza.



In Memoriam

TITO AUGUSTO
(1937-2007)




Este era su blog.