16 diciembre 2005

847 euros mensuales

Fulanito Mengánez es un ciudadano medio, como otro cualquiera. Trabaja de contable en una empresa de servicios, por lo que cobra un salario neto de 1200 euros al mes, incluyendo el prorrateo de las pagas extraordinarias. Vive solo en un piso de alquiler en el extrarradio de una gran ciudad española. Por su vivienda paga 500 euros mensuales, que es una cantidad bastante aceptable para un pisito de dos habitaciones y 60 metros cuadrados. Una ganga, vaya.

Pero el sr. Mengánez tiene que pagar además los gastos de comunidad, luz, agua, gas y teléfono. En total, unos 200 eurillos de vellón, tirando por lo bajo. Por si fuera poco, don Fulanito tiene la absurda costumbre de hacer tres comidas diarias. La del mediodía le toca en un restaurante de menú, a 7 euros cada día laborable, un total de 150 euros. Las provisiones para el desayuno y las cenas diarias, más las comidas de los fines de semana, así como otras compras de droguería (jabón, pasta de dientes, detergentes, etc.) otros 150 euros.

Hasta ahora ya llevamos 1000 euros comprometidos. Pero hay que contar que nuestro protagonista tiene que desplazarse desde su domicilio hasta su puesto de trabajo. Como tiene conciencia ecológica, no usa coche particular sino el transporte público. El abono para la zona donde trabaja le cuesta 40 euros al mes.

Además necesita algo de ropa, pues no está bien visto salir desnudo a la calle. Pongamos que se compra una prenda al mes, de un precio modesto, unos 30 euros.

En total, don Fulanito se gasta en lo imprescindible para vivir unos 1070 euros de su sueldo. Le quedan 130 euros para comprar libros, música, salir de copas con sus amigos o ir a un restaurante con su pareja. Y todo esto sin contar con gastos extraordinarios (impuestos, averías, gastos médicos, etc.).


Monseñor Escribánez, por su parte, no es un ciudadano cualquiera. Es nada menos que el jerarca de la secta católica en la misma ciudad donde vive Fulanito. Tiene a su cargo el cuidado pastoral de las almas de los fieles de su superstición en dicha ciudad y alrededores, y la jefatura de todo el clero puesto a sus órdenes para ayudarle en esta noble empresa. Se codea con las autoridades municipales, autonómicas y hasta nacionales; está acostumbrado a salir en los medios de comunicación y sus palabras se leen en todos los locales de la secta en su ciudad cuando así él lo dispone. Sin entrar en detalles sobre lo duro de su "trabajo", este venerable, haciendo gala de un encomiable espíritu de pobreza, tiene un ajustado sueldo de 847 euros mensuales.

El reverendísimo vive en el Palacio Episcopal, un vestusto edificio en el centro de la ciudad, donde tiene sus oficinas y que comparte con sus obispos auxiliares, vicarios, tres curas ayudantes y un matrimonio laico encargado de la limpieza y el mantenimiento. Como es obvio, los gastos del edificio, incluyendo luz, agua, gas y teléfono, corren a cuenta de la secta; es decir, de los pardillos que la financian (que somos todos los españoles, queramos o no).

Su eminencia, además, necesita desplazarse a menudo para visitar los diversos centros de reunión de la secta que están bajo su jurisdicción, así como acudir a conferencias, actos públicos y, últimamente, también a manifestaciones. Pero por su categoría no podrá utilizar el transporte público, no sea que se le pegue el olor a pobreza, así que dispone de un coche oficial conducido por su correspondiente chófer (usualmente un estudiante del seminario o uno de sus curas ayudantes). Los gastos de combustible y mantenimiento del vehículo, así como el vehículo mismo, corren también a cuenta del español corriente, de don Fulanito Mengánez, entre otros. El sueldo del chófer, claro está, también sale del bolsillo del contribuyente.

Aparte están los costes del uniforme. La ropa de trabajo la pone la secta, así que a Escribánez no le cuesta un céntimo y sólo tiene que preocuparse por su clergyman de diario, ropa interior, calcetines y zapatos. Más o menos, unos 60 euros al mes. Pero excluyendo el IVA, del que la secta está exenta (y a cuyo nombre se expedirá la correspondiente factura), se queda en unos 50 euros mensuales.

De modo que, de su sueldo, a monseñor Escribánez le quedan 797 euros para dedicarlo a su ocio personal: libros, rosarios, cruces pectorales, discos de canto gregoriano y estampitas de la "Virgen" de la Patarrastra. Un sueldo, por otra parte, que también han pagado los españoles.

Sin embargo, a un trabajador normalito le quedan 130 euros descontando lo necesario para vivir, mientras que a un parásito social que vive del cuento de dioses y charlatanes devenidos en improvisados salvadores, le quedan 797 euros, pagados en parte por el primero.

Pero se puede aún rizar más el rizo: don Fulanito Mengánez no es cristiano, jamás ha pisado una iglesia y no tiene ninguna intención de hacerlo en el futuro, y, para colmo de males, es homosexual. Maldita la gracia que le hace pagarle el sueldo a monseñor Escribánez para luego oírle decir que es un "depravado, un virus para la sociedad". Pero es que le está financiando hasta el transporte privado para que vaya a una manifestación contra sus derechos.

3 comentarios:

Dr. Boiffard dijo...

Me mola tu rollo.

Manuel Saco dijo...

Cavernarius, no sabes la alegría que me da el saber que no estoy solo... y que me voy a condenar al infierno con gente cojonuda. Creo que debo visitarte con más frecuencia.

Anónimo dijo...

que menganez se hubiera metido a cura si le gusta vivir bien, y si no , que se joda y trabaje para mantener a la iglesia española, el cine español, los partidos politicos, la corrupcion de los gobernantes, etc, etc,

o que hubiera hecho como yo, y que se hubiera metido a funcionario, que aunque no se gana mucho, no se pega un palo al agua