28 noviembre 2005

Y ahora toca... el limbo

Están que no se aclaran en la secta vaticana. Hasta ahora pensaban que el alma de los que eran buenos terminaba en un lugar magnífico llamado "paraíso", donde se dedicarían a hacer compañía a su dios por toda la eternidad. Las almas de los malos, por contra, irían derechitas a un estanque de azufre y fuego, el "infierno".

Quedaban, claro, las almas de los que eran malos pero no lo suficiente como para mandarlos para siempre al infierno. A éstas, la secta los condenó a una prisión por un tiempo variable en un centro penitenciario llamado "El Purgatorio". Como las cárceles femeninas del régimen franquista, quizá regentado por las "hermanas de la caridad de san Vicente de Paúl".

Lo bueno de la prisión en "El Purgatorio" es que existe la posibilidad de reducir condena por buen comportamiento... de los familiares vivos. Si rezan por el alma del pariente difunto, encienden velas o les encargan misas, los funcionarios celestiales que revisen el caso del pecador purgante pueden aligerar mucho la pena. Además, si uno es previsor, puede ir preparándose futuros días de redención musitando determinados encantamientos, haciendo peregrinaciones a la tumba de algún cristiano famoso o comprando bonos del Estado vaticano. Todo esto es lo que se conoce como indulgencias.

Lo de las indulgencias no hizo demasiada gracia en el pasado, más que nada porque cantaba mucho. Así Martín Lutero, un fraile cobardica pero respondón, les dijo a los curas vaticaneros que eso de ir a "El Purgatorio" era un cuento chino. Los alemanes, que son muy tacaños y miran con lupa dónde ponen el dinero, enseguida le hicieron caso, y el cuento de esa cárcel y sus famosas indulgencias redentoras se vino abajo.

Pero quedaba por ver dónde van los niños recién nacidos que mueren sin bautizar. El problema no es baladí, porque, como humanos, los niños son malos por naturaleza (este es el concepto que tienen los cristianos de sí mismos, en casi todos los casos muy acertadamente). Además no les han aplicado el ritual mágico para convertirlos en buenos, así que esos niños no pueden entrar en el paraíso. Pero como tampoco han hecho nada como para que se les pueda llamar malos, parece que tampoco es justo que vayan al infierno. De modo que se inventaron un sitio especial, el limbo, que es una especie de "sala de espera" donde las almas quedan aparcadas hasta que su dios decida qué hace con ellas.

Pero de esto del limbo nunca estuvieron muy seguros. Además, resulta que el anterior jefe de la secta, Karol Wojtyla, cambió de opinión y el infierno ya no es el infierno, ahora sólo es un estado de vacío existencial provocado por la lejanía de dios y no una mazmorra con calderas hirvientes e instrumentos de tortura, como nos decían antes. Y este nuevo infierno se parece tanto al limbo que han decidido que el limbo hay que reformarlo.

Y en eso están los altos jerarcas vaticanos, planificando qué nueva chorrada tienen que creerse sus adeptos. Buscarán, como siempre han hecho, algún oscuro versículo de la Biblia y le darán una interpretación acorde con las circunstancias. Y... ¡voila! Nuevo dogma de fe y millones de ingenuos tan contentos. ¿Pero no se enteran de que les están tomando el pelo?

La noticia completa, aquí.

1 comentario:

Anónimo dijo...

cavernario, aunq. no lo creas el espíritu existe, y se expresa principalmente a través de las religiones, mantenerle asilvestrado, sin cultivar, es muy arriesgado, para el individuo y para la sociedad, te recomiendo leas a William James, C. J. Jung, Mircea Elíade, Juan de la Cruz, Chesterton, J. Ratzinger, actual Papa Benedicto XVI, 1 de los pensadores más serios y honestos de este siglo, pero tan sencillo y honrado q. muchos no le entienden.