09 enero 2007

Hablemos de "HazteOír" (y II)

En el artículo anterior veíamos la diferencia entre un cristiano "constitucional" (el que lleva la degeneración en la sangre) y un cristiano "borreguil" (la pobre víctima de esa ideología funeraria). También señalé la existencia de una tercera clase de cristiano, la más peligrosa de las tres: el clérigo, un espécimen parasitario que medra convirtiendo a los ajenos a esa insulsa superstición en "borreguiles" primero, y más tarde en "constitucionales". Como las células cancerígenas, los clérigos nunca dejan de expandirse y de llevar su mal por todo el cuerpo social.

Hace un par de siglos las cosas estaban mucho más claras: la secta criminal católica y las sectillas protestantes se encargaban ellas mismas de defender sus propios intereses. Papas, obispos y predicadores no dudaban en tomar las armas, literalmente, para defender los privilegios de sus respectivas mafias. Pero un día los parisinos tomaron la Bastilla, y se armó un sindiós. Los clérigos estaban solos, no tenían a nadie que les defendiera, y tuvieron que sufrir el bisturí de la limpieza social que, bastante ingenua y torpemente, intentaron tanto las revoluciones burguesas y liberales del siglo XIX, como las marxistas del siglo XX.

Los curas son el mal de este planeta, peores que la peste, y carecen de cualquier principio ético digno de tal nombre; pero desde luego no son tontos. Aprendieron pronto de sus errores pasados y decidieron que la mejor defensa era un buen ataque. Ahora bien, ¿se atreverían ellos mismos a formar filas otra vez siendo una minoría tan débil y exigua? En modo alguno: optaron por dejar esa sucia tarea a sus adeptos: los laicos. Sin embargo, a la hora de la verdad, sólo una porción de ellos estaba dispuesta a secundar la llamada a las armas, y sólo en esa porción se podía confiar verdaderamente para reconquistar un Occidente descreído. ¿Cuál era esa porción? La de los cristianos "constitucionales", naturalmente.

A finales del siglo XIX y principios del XX comenzaron a crearse movimientos laicos de apostolado, bajo estricta supervisión clerical, que difundían devociones facilonas y sentimentaloides al "sagrado corazón", celebraban rezos comunitarios del rosario y vigilias de oración, e impartían cursillos de cristiandad; todo ello dirigido, especialmente, al público femenino. Algunos de estos movimientos resultaron especialmente fecundos y dieron origen a los partidos políticos demócrata-cristianos en virtud del sempiterno maridaje entre el altar y las finanzas. En vista del éxito conseguido, que no había supuesto merma alguna del poder del clero sobre los laicos, sino todo lo contrario, tanto el concilio vaticano II como los sucesivos papas romanos les han dado su respaldo más efusivo.

Pero la secularización iniciada en la Ilustración había proseguido su curso imparable, pese a todos los intentos por parte de las sectas cristianas por reconquistar el terreno perdido. Desde entonces los curas han agudizado su ingenio y los métodos de control del laicado cristiano han ido refinándose. Los legionarios/pederastas (presuntos) de cristo tienen su objetivo en las clases sociales más pudientes, creando universidades elitistas (aunque no por la calidad de su formación) y prestigiosas escuelas de negocios. Otro tanto hace el opus dei, sólo que enfocado hacia el sector de la clase media. Las clases bajas tienen que conformarse con organizaciones más folclóricas que acentúan sobre todo la obediencia al "magisterio eclesial", aunque sin grandes aspiraciones intelectuales, como el camino neocatecumenal o comunión y liberación.

Ahora bien, el mundo de hoy no es como el del siglo XIX. Es cierto que la religión ha perdido mucho poder, pero ha ganado algo aún más importante: seguridad. El viejo anticlericalismo de las desamortizaciones y de la disolución de órdenes religiosas ha desaparecido casi por completo, y lo que queda vive anestesiado por la falsa creencia de que la separación de la iglesia y el Estado es ya una realidad; y también (¿por qué negarlo?) avergonzado por el recuerdo de la quema inútil de iglesias y conventos, y las matanzas injustificadas de curas y monjas. Un recuerdo, dicho sea de paso, que los propios curas no dejan de aventar. En suma: a la secta criminal católica ya no le preocupan las revoluciones sociales. Incluso se siente cómoda y confiada en las democracias occidentales porque sabe que ahora tiene a su disposición todo un ejército de fieles seguidores (situados en puestos políticos, empresariales, judiciales y mediáticos) dispuestos a defender sus bastardos intereses sin que ella tenga que dar la cara directamente. Lo han conseguido: han engendrado un útil clericalismo no clerical, gracias al impagable servilismo de los cristianos "constitucionales" y a la cándida estulticia de los cristianos "borreguiles".

Alcanzado este paso, van a por más. ¿Por qué no usar este poder indirecto para influir sobre toda la sociedad? ¿Por qué no reintentar la nueva evangelización de Occidente? Sobre la teoría, que siga existiendo la separación entre la iglesia y el Estado, pero, en la práctica, que el Estado someta sus fines a los de la iglesia. Este es el nuevo objetivo que se han marcado, y esta es la razón por la que existen organizaciones como el "foro español de la familia", "profesionales por la ética", "e-cristians" y la que da nombre al artículo: "hazteoir.org"

Ah, sí, lo olvidaba. El que quiera más información sobre hazteoir.org que no se moleste en visitar su página de "¿quiénes somos?", porque allí sólo encontrará respuestas evasivas y medias verdades. En vez de eso, que visite los siguientes blogs:

Por la verdad.
El lobby del fundamentalismo católico.

Y, de paso, nunca viene mal echarle un vistazo a esta página.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

es cierto, acojona. y mucho...
¿pero hasta qué punto lo que están haciendo no es más que dividir al partido popular?
cris

Quema dijo...

Hace años que la Iglesia empezó una guerra contra los que llama sus enemigos, que, a fin de cuentas, no son otros que quienes utilizan la razón en lugar de consignas. Es una guerra desigual porque se plantea desde una institución poderosísima, tanto material como políticamente, y sus “enemigos”, aunque numerosos, se encuentran desunidos, lo cual favorece al agresor.

Pero sucede que, además, hasta las guerras tienen sus normas éticas, cuyo desprecio convierte al agresor en especialmente miserable. Y si el agresor es el que se proclama paladín de la moral occidental, la desvergüenza alcanza grados de paroxismo.

El que firma esta carta es el webmaster de una página anticlerical (www.mundolaico.com). A lo largo de su corta historia, esta página ha sido atacada dos veces. Una de ellas consistió en una denuncia al servidor, que era extranjero, al que escribieron una carta exigiéndole que la clausurara porque en España su contenido era delictivo, cosa que, naturalmente, es mentira, pero que sirvió para que el servidor accediera a la petición de los clérigos. Puestos en contacto con el servidor, y tras un desagradable tira y afloja, volvieron a autorizarla y a pedir disculpas. La denuncia, según el servidor de entonces, provenía de la Iglesia.

Al poco tiempo de reabrirla, un ataque de terroristas informáticos la inutilizó y tardamos varios días en rehacerla. No podemos asegurar que este segundo ataque fuera realizado directamente por la Conferencia Episcopal, pero de lo que estamos seguros es de que, al menos, fue hecho por uno de sus esbirros.

Los esbirros de la Iglesia son los que realizan para su patrón el trabajo sucio que los obispos no se atreven a hacer directamente. No necesitan instrucciones directas porque los tienen bien amaestrados. Pero, a veces, parece que sí que reciben esas instrucciones directamente, como en caso que denuncio desde esta tribuna, que es particularmente abyecto porque han arremetido contra un inocente y han llevado a la ruina a una familia ajena a esta guerra.

Una vez al mes, Ateus de Catalunya, organiza una tertulia abierta a la participación de quienes quieran asistir, sean socios o no, y debatir sobre un tema determinado. A estas tertulias acuden muchos ateos, pero también creyentes y hasta algún cura “progre”. La página de Ateos de Catalunya es visitada periódicamente por el obispado, que está enterado de todas sus actividades, en muchas de las cuales han detectado la presencia del informador episcopal.

Estas tertulias se celebran en un bar con cuyo dueño o encargado se han acordado previamente. A la mayoría de ellas acuden espías del obispado y supongo que deben salir del local mordiéndose compulsivamente las uñas (que se anden con ojo, que así empezó la Venus de Milo), pues se dicen cosas que ellos consideran inaceptables. Supongo que acuden a cada tertulia y permanecen allí con las antenas desplegadas por si se produce algún desliz por parte de algún participante para presentar a la policía una denuncia contra los organizadores.

Sin embargo, los contertulios suelen ser personas formadas (hay escritores, historiadores, funcionarios, profesores, filósofos, psicólogos, etc.), de modo que la moderación formal es la norma. Por eso, hasta ahora, todo su despliegue represor ha resultado inútil. Pero como su intención es hacer daño, al acabar una de las reuniones, cuando ya habíamos marchado todos, el cipayo episcopal reclamó la presencia del dueño del local (en aquella ocasión se trataba de un “Centro Moral”), y le recriminó que en un “centro moral” se permitiesen tertulias organizadas por ateos. El hombre le contestó que la moral no era patrimonio de nadie, que no hacíamos nada ilegal y le preguntó cómo se había enterado de la celebración de la tertulia. La sanguijuela meapilas le mostró un correo electrónico en el que le informaban del evento. ¿Quién remitió a aquel energúmeno el citado e-mail? No se sabe, pero todas las direcciones apuntan a un mismo lugar.

No contento con la regañina a quien nada tenía que ver con Ateos de Cataluña y chasqueado por no haber encontrado nada que le permitiera actuar contra esa asociación, el meapilas debió de pensar que un acto como el que había protagonizado, tan preñado de heroísmo cristiano, no estaría completo sin una víctima que ofrecer a su obispo y a Dios, por lo que, ni corto ni perezoso, denunció al local por permitir fumar a los clientes. Daba lo mismo que la víctima no fuera su enemiga; lo que él quería era sangre. Y la consiguió. Al fin y al cabo en las guerras son inevitables los “daños colaterales”.

Hace unos días, al hilo de la denuncia, se presentó en el local denunciado un inspector de la Generalitat y vio que había algún cliente que fumaba. Tomadas las medidas del local, dio una superficie de 101 m2, es decir que sobrepasaba el límite en 1 m2. Esto le supuso una cuantiosa multa y el cierre del local hasta que hiciera las reformas legales oportunas, que escapan por mucho de las posibilidades económicas del dueño, y más aún tras tener que hacer frente a la multa. Gracias a la intervención de la Iglesia (directamente o a través de uno de sus gorilas), una familia se encuentra en la calle y sin recursos.

Esta familia era inocente. Esta familia no era de la guerra. Pero a la Iglesia le da lo mismo. Se trata solo de hacer daño. De ofrecer víctimas a su Dios para que los obispos puedan dormir tranquilos, aunque sea en un colchón fabricado con sangre inocente.

Son unos canallas.